“Cuando bailes sé siempre tú misma”, me dijo Igor Calonge en una ocasión. Una propuesta a la que no puedo renunciar.

Cae desde lo alto y es vértigo, la profundidad de su agua seca, fría, dura, que choca y estalla en mil trozos de cristal, que destroza las piedras, y devora la tierra. En su recorrido imparable, veloz, enloquece de movimiento, desplaza el viento que gira por la ladera. El viaje continúa aplastante, arrollando todo lo que respira. Una fuerza que pesa y que abandona su peso sobre el suelo de una forma lesiva e inmisericorde. Una potencia que araña, esquilma y arrastra la ladera.
Cuando se detiene, cuando se para, se extingue, convirtiéndose en un silencio sordo, formando un recuerdo que es parte del movimiento orgánico de la vida, un movimiento que asusta pero que es necesario.
Una tragedia, de la que emergen nuevas obras.